Hobsbawm, Eric J - Rebeldes Primitivos IFSP Turismo

Hobsbawm, Eric J - Rebeldes Primitivos IFSP Turismo

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Eric J. Hobsbawm

Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y X

Titulo original: Primitive Rebels

Studies in Archaic Forms of Social Movement in the 19th and 20\h Centuries

Traducción de: JOAQUÍN ROMERO MAURA

Primera edición en Colección Zetein: 1968

Primera edición en Colección Ariel: julio 1983

© 1959: Eric J. Hobsbawm

Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción: © 1968, 1974 y 1983: Editorial Ariel, S. A. Córcega, 270 - Barcelona-8

ISBN: 84 344 1005 2

Depósito legal: B. 25.595-1983

Impreso en España

1983 - Talleres Gráficos DÚPLEX, S. A.

Ciudad de la Asunción, 26 (Barcelona)

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Hace algunos años, el profesor Ambrogio Donini, de

Roma, que me habló de los lazaretistas foseónos y los sectarios de Italia meridional, despertó en mí el interés por los temas que trata el presente libro. El profesor Max Gluckman gestionó para mí una invitación en 1956 con el fin de que pronunciase tres conferencias sobre el particular en la Universidad de Manchester, donde tuve la feliz oportunidad de discutir el asunto con él y con un grupo de antropólogos, historiadores, economistas y estudiosos de la ciencia política, entre los que figuraban expertos en los movimientos milenarios de la talla del doctor Peter Worsley y del profesor Norman Cohn. Este libro es una ampliación de tales conferencias, aunque contiene capítulos adicionales sobre determinadas cuestiones que tenía intención de incluir en las disertaciones originales, pero que entonces no me fue posible. Estoy en deuda con la Universidad de Manchester y, especialmente, con el profesor Gluckman, sin cuyo apoyo no hubiera podido escribirse este libro.

Son demasiado numerosas las personas a quienes he tenido que recurrir para poder darles las gracias individualmente. He tratado de hacerlo, cuando ha sido necesario, en las notas a pie de página. En ellas se citan también las obras que más he utilizado. Desearía también dar las gracias a los bibliotecarios del Museo Británico, a la Universidad de Cambridge, a la Biblioteca Británica de Ciencias Políticas, a la Biblioteca de Londres, a la Biblioteca Felírinelli, Milán, a la Biblioteca de la Universidad de

Granada, al Instituto Internacional de Historia Social, Amsterdam, a la Biblioteca Giustino Fortunato, Roma, y a las Bibliotecas Municipales de Cádiz y Cosenza, por la amabilidad con que acogieron a un investigador extranjero.

Un tema como el que nos ocupa no puede estudiarse sólo a partir de documentos. Son esenciales algunos contactos personales, aunque sean ligeros, con las gentes e incluso con los lugares sobre los que escribe el historiador si éste ha de comprender problemas que están muy alejados de la vida normal del profesor universitario británico. Todo lector del estudio clásico de la rebelión social primitiva Rebelión en la Selva, de Euclides da Cunha, se percatará de lo mucho que esta gran obra debe al conocimiento «de primera mano» del autor y a su «contacto» con los moradores de los andurriales brasileños y su mundo. Lo que yo ya no puedo decir es si he conseguido comprender a las gentes y lugares que se citan en este libro. Si no ha sido así, la culpa no fue de los numerosos hombres y mujeres que trataron, a veces sin saberlo, de enseñarme. Sería disparatado citarlos a todos, aunque pudiera hacerlo. Sin embargo, hay varias personas a quienes debo especial agradecimiento, principalmente a Michele Sala, alcalde y diputado de Piaña degli Albanesi, Sicilia; al alcalde Luigí Spadaforo y señora, campesinos, y Giovanni López, zapatero, de San Giovanni in Fiore, ciudad del abad Joaquín de Flora, en Calabria; a Rita Pisano, ex campesina, actualmente organizadora de'grupos femeninos del Partido Comunista en la provincia de Cosenza, Calabria; a Francesco Sticozzi, agricultor, y al doctor Rafaelle Mascólo, cirujano veterinario de San Nicandro, Apulia; y algunos informantes que han preferido quedar en el anonimato, en Andalucía. Ninguno de ellos es responsable de las opiniones expresadas en este libro y tal vez sea grato pensar que a algunos no les preocupará la cuestión, ya que nunca llegarán a leerlo.

En conclusión, me gustaría poner de relieve que tengo perfecta conciencia de las limitaciones de este ensayo como muestra de erudición histórica. Ninguno de los capítulos es completo o definitivo. Aunque he realizado algún trabajo sobre las fuentes primarias y hecho algunas observaciones sobre el tema, ambas son inadecuadas, y cualquier especialista se dará perfecta cuenta, al igual que yo, de que no se ha intentado siquiera agotar las fuentes secundarias, a la vez que comprobará, mejor que yo mismo, mis deslices y errores. No obstante, quiero hacer constar que el objeto de este libro no es hacer un estudio acabado.

Uno de los capítulos contiene material publicado en el

Cambridge Journal, Vil, 12, 1954. La parte sustancial de otro se dio en una charla radiofónica en 1957. Agradezco a P. Thirlby la confección de los índices.

E. J. H. Birkbeck College, julio de 1958.

Los temas de los estudios contenidos en el presente ensayo, que pueden todos ellos describirse como formas «primitivas» o «arcaicas» de agitación social, son los siguientes: d bandolerismo del tipo que encarna Robin 1 lood, las asociaciones secretas rurales, diversos movimienlus revolucionarios de carácter milenario, las turbas urbanas de la era preíndustrial y sus asonadas, algunas sectas religiosas obreras y el recurso al ritual en las tempranas organizaciones revolucionarias y trabajadoras. He complementado cada una de mis versiones con documentos pertinentes que ilustran d modo de pensar y las ideas de partida de los que participaron en los movimientos que aquí se describen, y cuando ello ha sido posible, lo he hecho con sus propias palabras. El ámbito que se abarca es, en lo fundamental, Europa occidental y meridional, y especialmente Italia, desde la Revolución francesa. El lector curioso puede limitarse a leer este libro como mera descripción de unos fenómenos sociales que tienen interés y de los que resulta sorprendente lo poco conocidos que son, con un acervo más bien limitado de trabajos acerca de ellos en lengua inglesa. No obstante, este libro encierra una intención analítica a la vez que descriptiva -y de hecho no aporta datos que no conozca ya el espelialista de estos temas—, por lo que acaso no esté de más explicar lo que en él he intentado.

La historia de los movimientos sociales se suele diviilir en dos partes separadas entre sí. Tenemos algtma idea Ac los movimientos de la Antigüedad y de la Edad Media:

rebeliones de esclavos, herejías y sectas sociales, sublevaciones campesinas, etc. Decir que conocemos su «historia» podría acaso inducirnos a error, ya que hasta ahora han sido estudiados generalmente como una serie de episodios, constitutivos de otros tantos momentos en la historia general de la humanidad, por más que los historiadores hayan estado en desacuerdo en lo que toca a su importancia dentro del proceso histórico y todavía anden discutiendo cuál es su relación precisa con este devenir. En lo que hace a los tiempos modernos, las agitaciones a que aludimos han sido vistas por todos, todos menos los antropólogos —precisados de ocuparse de las sociedades precapitalistas o imperfectamente capitalistas— como meros «precursores» o como extrañas reliquias del pasado. Por otra parte, los movimientos sociales «modernos», o sea los habidos en Europa occidental desde finales del siglo xviii, y los surgidos en épocas ulteriores en sectores cada vez mayores del mundo, han solido enfocarse conforme a un esquema interpretativo de acreditada solera y no desprovisto de una base lógica razonable. Por razones obvias, los historiadores se han centrado en los movimientos obreros y socialistas y en aquellos otros que se han incluido en el marco socialista. Se considera comúnmente que todos éstos pasaron primero por unas fases «primitivas» —así, las asociaciones de oficiales, y los socialismos luddita, radical, jacobino y utópico—, para evolucionar luego hacia formas modernas, variables de un país a otro, pero subsumibles dentro de un marco común bastante generalizado. Los movimientos obreros desarrollan, pues, ciertos tipos de organización sindical y cooperativa, ciertas formas de organización política, como los partidos de masa, y cierto género de programa y de ideología, como el socialismo desprovisto de preocupaciones extraterrenales.

Los temas de este libro no caben dentro de ninguna de ambas divisiones. Por la primera impresión parece debieran incluirse en la primera categoría. De todos mo- dos nadie se sorprendería de encontrar a Vardareüi y, con él, asociaciones como la Mafia o los movimientos milenarios, en la Edad Media europea. Pero lo que nos importa aquí es que no las encontramos en la Edad Media, sino en los siglos xix y x, y de hecho los últimos 150 años las han generado en número inusitadamente crecido, por razones que se discuten en el texto. Tampoco se pueden eliminar estos fenómenos so pretexto de que son marginales o carecen de importancia, por más que los historiadores de generaciones anteriores hayan tendido a hacerlo así, en parte debido a un sesgo racionalista y «modernista», en parte también, como creo podré demostrar, porque la filiación y el cariz político de estos movimientos resulta no pocas veces impreciso, ambiguo, y aun a veces abiertamente «conservador», y en parte porque los historiadores, que suelen ser hombres instruidos y producto de las ciudades, han dejado sencillamente, hasta hace poco, de esforzarse en grado bastante por comprender a quienes son distintos de ellos. Y es que, con la salvedad de las hermandades rituales del tipo carbonario, todos los fenómenos estudiados en el presente volumen pertenecen al universo de aquellos que ni escriben ni leen muchos libros —muchas veces por ser analfabetos—; que muy pocas veces son conocidos por sus nombres, excepto de sus amigos, y en este caso suelen serlo tan sólo por su apodo; hombres, en fin, que generalmente no saben expresarse y a los que pocas veces se entiende, aun cuando son ellos quienes hablan. Además, se trata de gentes prepolíticas que todavía no han dado, o acaban de dar, con un lenguaje específico en el que expresar sus aspiraciones tocantes al mundo. Pese a que por ello sus movimientos participan muchas veces de la ceguera y de la inseguridad del terreno en que se mueven, cuando se les compara con los que llamamos modernos, ni carecen de importancia ni son marginales. Hombres y mujeres como los que forman el objeto de este libro constituyen la gran mayoría de muchos, acaso los más, países aún en la actua-

lidad, y la adquisición por su parte de la conciencia política ha hedho de nuestro siglo el más revolucionario de la historia. Por esta razón, el estudio de sus movimientos no es solamente curioso, interesante o emocionante parp el que se ocupa del destino de los hombres; tiene también importancia práctica.

Los hombres y mujeres de que aquí nos ocupamos difieren de los ingleses en que no han nacido en el mundo del capitalismo como nace un mecánico de la cuenca del Tyne, con cuatro generaciones de sindicalismo detrás de sí. Llegan a él en su calidad de inmigrantes de primera generación, o lo que resulta todavía más catastrófico, les llega ste mundo traído desde fuera, unas veces con insidia, por el operar de fuerzas económicas que no comprenden y sobre las que no tienen control alguno; otras con descaro, mediante la conquista, revoluciones y cambios fundamentales en el sistema imperante, mutaciones cuyas consecuencias no alcanzan a comprender, aunque hayan contribuido a ellas. Todavía no se desarrollan junto con la sociedad moderna o dentro de ella: son desbravados a la fuerza para acoplarlos a las exigencias de esta sociedad, o, lo que se da con menos frecuencia, irrumpen en ella, como ocurre en el caso de la clase media mafiosa siciliana. Su problema es el de cómo adaptarse a la vida y luchas de la sociedad moderna, y el tema de este libro es él proceso de adaptación (o el fracaso en el empeño adaptador) tal cual queda expresado en sus movimientos

. sociales arcaicos. Palabras como las de «primitivo» y «arcaico» no deben, sin embargo, desencaminarnos. Los movimientos discutidos en este volumen tienen todos detrás de sí no poca evolución histórica, porque pertenecen a un mundo familiarizado de antiguo con el Estado (es decir, soldados y policías, cárceles, cobradores de contribuciones, acaso funcionarios), con la diferenciación y la explotación de clase, obra de terratenientes, mercaderes y afines, y con ciudades. Los vínculos de solidaridad debidos al parentesco o a la tribu, que, combinados o no con vínculos territoriales, son la clave para la comprensión de las que suelen calificarse de sociedades «primitivas», no han dejado de existir. Pero aunque tienen todavía una importancia considerable, han dejado de ser la forma primordial de defensa del hombre contra las arbitrariedades del mundo que le rodea. La discriminación entre estas dos fases de los movimientos sociales «primitivos» no puede llevarse al extremo, pero creo que debe hacetse. Los problemas a que da pie no se discuten en este libro, pero acaso convenga ilustrarlos con brevedad, mediante ejemplos tomados de la historia del bandolerismo social.

Esto nos pone frente a dos tipos extremos del bandolero. A un lado, hallamos el clásico bandolero de la venganza de sangre que se encuentra por ejemplo en Córcega, y que no era un bandolero social luchando contra el tico para dar al pobre, sino un individuo que luchaba con y para los de su sangre (aun los ricos de ella) contra otro grupo de parentesco, incluidos sus pobres. En la otra punta contamos con el clásico Robín de los Bosques, que era y es esencialmente un campesino alzado contra tetratemesites usureros y otros Tepxesesitantes áe h que Toinás Moro llamaba la «conspiración de los ricos». Entre ambos extremos se escalona toda una gama de evolución histórica que no me propongo exponer con detenimiefito. Así, todos los miembros de la comunidad de sangre, incluidos los bandoleros, pueden considerarse enemigos de los forasteros explotadores que tratan de imponerles su ley. Puede ser que se consideren todos ellos, en colectividad, «los pobres», frente a los digamos ricos habitantes de las llanuras que someten a sus depredaciones. Pueden verse estas dos situaciones, que llevan gérmenes de movimientos sociales según los entendemos nosotros, en el pasado de los serranos sardos, estudiados por el doctor Cagnetta,

1. No me propongo entrar en la discusión resucitada en I. Schajjera, Government and Potitics in Tribal Societies, Londret, 1956.

El advenimiento de la economía moderna (venga o no acompañada de la invasión extranjera) puede, y probablemente lo hará, quebrantar el equilibrio social de la sociedad cognaticia, convirtiendo algunos grupos de parentesco en familias «ricas» y otros en grupos «pobres», o si no quebrantando los vínculos cognaticios mismos. Puede que el tradicional sistema del bandolerismo de la venganza de sangre se «salga de madre», como probablemente ocurrirá, produciendo una multiplicidad de rivalidades singularmente mortíferas y de bandoleros presos de inusitado rencor, en los que empiece a filtrarse un elemento de lucha de clases. Esta fase ha sido documentada y analizada en parte en lo que hace a las sierras sardas, sobre todo para el período que media entre los últimos años de la penúltima década del siglo xix y el final de la primera guerra mundial. Con las debidas reservas, esto puede en su momento conducir a una sociedad en que predominan los conflictos de clase, a pesar de que el futuro Robín de los Bosques todavía puede —como es frecuente en Calabria— echarse al monte por razones personales similares a las que llevaron al corso clásico al bandolerismo, señaladamente la venganza de sangre. El resultado final de esta evolución puede ser la del asimismo clásico «bandido social» que se remonta por algún roce con el Estado o con la clase dominante —como un altercado con quien es miembro de alguna clientela feudal—, y el cual no pasa de ser una versión más bien primitiva del campesino rebelde. Éste es, en términos generales, el punto en que empieza el análisis del presente libro, aunque de vez en cuando se eche la mirada atrás. La «prehistoria» de los movimientos aquí discutidos se deja a un lado. Sin embargo, debe recordarse al lector que ella existe, sobre todo si tiende a aplicar las observaciones y conclusiones de este libro a agitaciones sociales primitivas donde todavía perduran rasgos de aquélla. No es mi propósito el de estimular generalizaciones descuidadas. Los movimientos milenarios como el de los cam-

pesinos andaluces tienen sin duda alguna algo en común con, por ejemplo, los cultos del «cargo» de Melanesia; las sectas de los mineros del cobre en Rhodesia del Norte tienen algo en común con las de los mineros carboníferos de Durham. Pero nunca debe olvidarse que también pueden ser grandes las diferencias, y que el presente ensayo no constituye orientación adecuada para su investigación.

El primer conjunto de movimientos sociales discutidos en este libro es predominantemente mtal, al menos en la Europa occidental y meridional de los siglos xix y X, aunque no hay razón apriorística alguna para que queden limitadas al mundo campesino. (De hecho, la Mafia tenía algunas de sus más profundas raíces entre los mineros de azufre sicilianos antes de que éstos se hiciesen socialistas; mas aquí, recuérdese que los mineros constituyen un grupo de trabajadores singularmente aicaico.) El orden que se sigue en la clasificación de estos movimientos sociales es el que determina la creciente amplitud de sus anhelos. El bandolerismo social, fenómeno universal y que permanece virtualmente igual a sí mismo, es poco más que una protesta endémica del campesino contra la opresión y la pobreza: un grito de venganza contra el rico y los opresores, un sueño confuso de poner algún coto a sus arbitrariedades, un enderezar entuertos individuales. Sus ambiciones son pocas: quiere un mundo tradicional en el que los hombres reciban un trato de justicia, no un mundo nuevo y con visos de perfección. Se convierte en epidémico, más bien que endémico, cuando una sociedad campesina que no conoce otra forma mejor de autodefensa se encuentra en condiciones de tensión y desquiciamiento anormales. El bandolerismo social carece prácticamente de organización o de ideología, y resulta por completo inadaptable a los movimientos sociales modernos. Sus formas más desarrolladas, que lindan con la guerra nacional de guerrillas, se dan poco, y resultan, por sí solas, ineficaces.

Lo mejor es considerar la Mafia y fenómenos similares (capítulo I) como una forma algo más compleja de bandolerismo social. Se pueden comparar, en cuanto su organización y su ideología son comúnmente elementales, en cuanto en lo fundamental resultan «reformistas» antes que revolucionarios —con la salvedad, una vez más, de aquellos casos en que adoptan alguna de las formas de resistencia colectiva a la invasión de la «nueva» sociedad— y también en cuanto son formas endémicas, aimque a veces sean asimismo epidémicas. Como ocurre con el bandolerismo social, es casi imposible que estas formas sepan adaptarse a los movimientos sociales modernos, o sean asimiladas por ellos. Por otra parte, las mafias son a la vez más permanentes y más poderosas, por ser metios un rosario de rebeliones personales, y más un sistema normativo institucionalizado, situado fuera de la norma estatal. En casos extremos pueden llegar al punto de constituir un sistema de derecho y de poder virtualmente pafalelo al de los gobernantes oficiales, o subsidiario de éste.

Por su carácter profundamente arcaico, y aun prepoiítico, el bandolerismo y Ja Mafia resultan difíciles de clasificar en términos políticos modernos. Pueden ser y son utilizados por diversas clases, y de hecho ocurre, como con la Mafia, que se vuelvan fundamentalmente instrumento de los hombres que detentan las riendas del poder o que aspiran a ello, por lo que dejan de ser por completo movimientos de protesta social.

Los varios movimientos milenarios de que me ocupo —los lazaretistas toscanos (capítulo I), los movimientos agrarios andaluces y sicilianos (capítulos IV y V)— difieren del bandolerismo y de la Mafia en que tienen un cariz revolucionario y no reformista, y en que, por ello mismo, resulta ipás hacedera su modernización y su absorción dentro de movimientos sociales de tipo moderno. Llegados a este punto, lo que nos interesa es saber cómo se opera la modernización y hasta dónde va. Opino que no hay modernización, o si la hay, es muy lenta e incompleta, cuando el asunto queda entre manos exclusivamente campesinas. La hay en cambio, completísima y coronada por el éxito, si el movimiento milenario se enmarca en una organización, una teoría y un programa que lleguen a los campesinos desde afuera. Esto queda ilustrado mediante el contraste existente entre los anarquistas de los pueblos andaluces y los socialistas y comunistas de las aldeas sicilianas: los primeros, convertidos a la teoría que venía a decir a los campesinos que sus modalidades espontáneas, y arcaicas de agitación social eran justas y adecuadas; los últimos, conversos de la teoría que exigía la transformación de dichos métodos.

El segundo conjunto de estudios se ocupa esencialmente de movimientos urbanos o industriales. Es, claro está, de ambición mucho más limitada, puesto que se ha dejado a un lado, con pleno conocimiento de ello, casi todo lo referente a la principal tradición de agitaciones urbanas y obreras. No cabe duda de que es todavía mucho lo que debe decirse acerca de la fase primitiva y aun de las más desarrolladas, de las agitaciones obreras y socialistas —por ejemplo acerca de las fases utópicas del socialismo—, pero este libro no se propone tanto complementar o evaluar de nuevo una historia cuyos rasgos generales resultan ya bastante bien conocidos, cuanto llamar la atención sobre ciertos temas que se han estudiado muy poco y que todavía ignoramos en gran parte. Por ello nos ocupamos aquí de fenómenos que cabe calificar de marginales sin ningún miedo a equivocarse.

El estudio de la turba (capítulo VI) se centra en lo que quizá sea el equivalente urbano del bandolerismo social, el más primitivo y prepolítico de los movimientos del pobre de la ciudad, especialmente en cierta clase de grandes urbes preindustriales. La turba constituye un fenómeno singularmente difícil de analizar con lucidez.

Acaso no haya más cosa segura acerca de ella que el hecho de que sus impulsos fueran siempre dirigidos contra el rico, aun cuando fuese también contra otros, como los extranjeros. A lo que puede añadirse la seguridad de que carecía de filiación política o ideológica firme y duradera, fuera de la fidelidad que acaso llegara a sentir por su ciudad o los símbolos de ésta. Normalmente podrá considerarse que la turba es reformista, en cuanto pocas veces concibió, si es que jamás lo hizo, la edificación de un nuevo tipo de sociedad, cosa muy distinta de la enmienda de anormalidades y de injusticias insertas en una vieja organización tradicional de la sociedad. No obstante la turba era perfectamente capaz de movilizarse detrás de jefes que sí eran revolucionarios, aunque no se percatase del todo de las implicaciones de ese su carácter revolucionario, y debido a su carácter urbano y colectivo estaba familiarizada con el concepto de la «toma del poder». Por esta razón no resulta nada fácil contestar a la pregunta de si es adaptable a las condiciones modernas. El hecho de que tendiese a desaparecer en la ciudad industrial de tipo moderno hace que la pregunta quede no pocas veces contestada sin más, ya que una clase obrera industrial organizada actúa siguiendo pautas muy distintas. Y cuando no desapareció, a lo mejor deberíamos formular la pregunta de modo distinto: ¿en qué momento dejó la turba, cuando estuvo movida por lemas claramente políticos, de seguir slogans tradicionales («Iglesia y Rey»), para obedecer a lemas modernos, jacobinos, socialistas o similares? Y, ¿hasta qué punto supo diluirse de modo permanente en los movimientos modernos a que se vinculara? Tengo la impresión de que fue y es fundamentalmente inadaptable, lo que de hecho no puede sorprendernos.

Las sedas obreras (capítulo VII) representan un fenómeno más claramente transitorio entre lo viejo y lo nuevo: organizaciones proletarias y aspiraciones que se manifestaban por el conducto de la ideología religiosa tradi- cional. El fenómeno resulta excepcional en sus formas ya del todo desarrolladas, y de hecho queda casi exclusivamente confinado a las Islas Británicas, ya que en Europa occidental y meridional la clase obrera industrial surgió desde el principio como grupo descristianizado, salvo donde era católico, afiliada a una religión que se piesta mucho menos que el protestantismo a esta peculiar adaptación. Aun en la misma Gran Bretaña debe considerarse este fenómeno como algo arcaico en el mundo de la industria. Pese a que no existe razón alguna a priori por la que los movimientos obreros religiosos no puedan ser revolucionarios, como de hecho han sido algunas veces, hay algunas razones ideológicas y más razones sociológicas por las que las sectas obreras tienden a llevar la impronta reformista. No cabe duda de que las sectas obreras, aunque en conjunto hayan demostrado ser bastante adaptables a los movimentos obreros modernos de cariz moderado, han dado pruebas de alguna resistencia a acoplarse a los movimientos revolucionarios, aun cuando siguieran generando revolucionarios individuales. Esta generalización, empero, puede ser fruto de la mera experiencia británica, generalización por tanto que parte de la historia de un país en que los movimientos obreros revolucionarios han sido anormalmente débiles en los últimos cien años.

El último estudio, acerca del ritual en los movimientos sociales (capítulo VIII), resulta bajo cualquier concepto difícil de clasificar. Lo he incluido sobre todo porque la peculiar cristalización ritual de tantos movimientos de esta clase en el período que media entre finales del siglo xvin y mediados del xix, resulta tan palmariamente primitiva o arcaica, en la acepción corriente de la palabra, que hubiera resultado difícil dejarlo fuera. Pero pertenece esencialmente a la historia de la corriente principal de los movimientos sociales modernos, que transcurre del jacobinismo al socialismo y el comunismo modernos, y que va desde las primeras asociaciones profesionales de obreros al sindicalismo moderno. Su aspecto sindical es bastante sencillo. Solamente intento describir el carácter y la función de los rituales prístinos, que desde entonces han ido desdibujándose conforme el movimiento se hacía más «moderno». El estudio de la hermandad ritual revolucionaria es más anómalo, ya que, frente a todos los demás fenómenos descritos en este libro, y que son relativos a los pobres que trabajan, nos hallamos aquí, por lo menos en sus fases iniciales, con un movimiento integrado por personas pertenecientes a las clases media y superior. Se sitúan estos movimientos en el libro presente porque las formas modernas de organización revolucionaria entre los pobres pueden, por lo menos en parte, remontarse directamente hasta ellos.

Como es natural, estas observaciones no responden del todo a la pregunta de cómo se «adaptan» los movimientos sociales primitivos a las condiciones modernas, ni mucho menos al interrogante más amplio abierto por dicho problema. Como ya he dejado dicho, hay algunos tipos de protesta social primitiva de los que no nos ocuparemos aquí en absoluto. No he intentado analizar los movimientos análogos o equivalentes, del pasado o presente, que tienen.por escenario la porción del planeta (con mucho la mayor) situada más allá de la estrecha zona geográfica aquí estudiada —y eso que el mundo no europeo ha generado movimientos sociales primitivos mucho más abundantes y variados que los de Europa meridional y occidental—. Aun dentro del área escogida, nos hemos limitado a una rápida ojeada sobre ciertos tipos de movimientos. Por ejemplo, he hablado poco de la prehistoria de los que podríamos sin demasiada precisión llamar movimientos «nacionales», por lo menos en cuanto son movimientos de masa, y por más que algunos elementos de los fenómenos aquí discutidos pueden ser partes integrantes de ellos. La Mafia, por ejemplo, puede considerarse en un momento dado de su evolución como un embrión muy joven de un movimiento nacional ulte- rior. En general me he limitado a la prehistoria de los movimientos obreros y campesinos modernos. Todos los lemas estudiados en este libro quedan localizados, grosso modo, en el período que va desde la Revolución Francesa acá, y tienen que ver básicamente con la adaptación de las agitaciones populares a la economía capitalista moderna. La tentación de extraer analogías de la historia europea anterior o de otros tipos de movimientos, no ha sido poca, pero he tratado de resistirla esperando con ello evitar discusiones que no hacen al caso y seguramente sujetas a confusión.

No trataré de justificar las apuntadas limitaciones.

Grande es la necesidad de un estudio y análisis comparativo completo de los movimientos sociales arcaicos, pero no creo que por ahora pueda emprenderse, al menos aquí. El estado de nuestros conocimientos no alcanza el nivel requerido. Y es que nuestro conocimiento de los movimientos descritos en este libro, aun los mejor documentados, está lleno de lagunas, y es inmensa nuestra ignorancia acerca del particular. Muchas veces lo que se recuerda o conoce acerca de los movimientos arcaicos de esta clase no pasa de alguna pequeña parcela revelada, en virtud de algún incidente, por los tribunales, o llegada a conocimiento de periodistas en busca de noticias sensacionales, o de algún investigador con aficiones exóticas. Aun para Europa occidental, nos movemos aquí en terreno tan mal conocido como lo era nuestro planeta en tiempos anteriores al desarrollo de la verdadera cartografía. A veces, como en el caso del bandolerismo social, los fenómenos se repiten de tal modo, que esta deficiencia no resulta demasiado grave para una investigación de carácter limitado. Otras veces, la sola tarea de lograr una imagen coherente, ordenada y racional partiendo de un montón de datos dudosos y mutuamente excluyentes, es casi imposible. Los capítulos sobre la Mafia y el Ritual, por ejemplo, se podrá decir en el mejor de los casos que son coherentes. El problema de si interpretaciones y explica- ciones formuladas son también ciertas resulta mucho más difícil de comprobar que en lo tocante a, pongamos por caso, los bandoleros sociales. El investigador de las Mafias pocas veces tiene más material a su alcance, para fundamentar sus puntos de vista, que algún incidente pasablemente bien documentado. Aún en el caso de Sicilia, su material es muy parco, salvo acaso en lo que hace a un período concreto en la evolución de la Mafia, y aún aquí sus fuentes se fundan en gran parte en la fama o en el «saber de todos». Y lo que es más, el material existente es a menudo contradictorio, aunque tenga aspecto de sentido común y no consista en esa clase de chismorreo sensacionalista que, como la miel a las moscas, atrae sobre sí este tipo de tema. El historiador que hablase confiado, y no digamos el que sentenciase ex cathedra, en condiciones semejantes, estaría fuera de sus cabales.

Este libro no pasa de ser, ni lo pretende, un tanteo y un trabajo incompleto. Queda abierto a la crítica de todos aquellos en cuyos campos acotados penetra furtivamente, y no sólo por el delito de cazar en ellos, sino a veces hasta por el de hacerlo torpemente. También lo criticarán todos los que creen que una monografía en piofundidad vale más que un conjunto de esbozos ligeros de necesidad. A estas objeciones solamente puedo oponer una respuesta. Ya era hora de que movimientos como los discutidos en este libro fueran enfocados seriamente no sólo como serie inconexa de curiosidades individuales, como notas a pie de página de la historia, sino como fenómeno de importancia general y de no poco peso en la historia moderna. Lo que Antonio Gramsci dijo de los campesinos de Italia meridional en los años 20 se aplica a muchos grupos y numerosas áreas en el mundo moderno. Se encuentran «en fermentación perpetua pero, en conjunto, (son) incapaces de dar una expresión centralizada a sus aspiraciones y necesidades». Este fermento, los esfuerzos embrionarios en pos de una eficaz expresión de dichas aspiraciones, y las formas posibles de la evolución de ambos, son d tema de este libro. No sé de ningún otro investigador que, en este país, haya tratado liasta ahora de estudiar juntos varios movimientos de esta índole como una a modo de fase «prehistórica» de la agitación social. Puede que el presente intento de hacerlo esté equivocado o sea prematuro. Por otra parte acaso convenga que alguien arranque por este camino, aun a riesgo de arrancar a destiempo.

NOTA. — Acaso sea éste el lugar para una nota adarando algunos de los términos utilizados con frecuencia en el curso de este estudio. Resultaría pedante definir todos aquellos que se prestan a interpretación equivocada. La utilización por mí de términos como «feudal» acaso se preste a la crítica de los medievalistas, pero como el argumento del texto no sufre de la sustitución de éste por otro término, o de su omisión, no me parece necesario explicarla ni defenderla. Por otra parte, el argumento descansa parcialmente sobre la aceptación de la discriminación entre movimientos sociales «revolucionarios» y movimientos sociales «reformistas». Resulta pues conveniente que digamos algo acerca de estos vocablos.

El principio subyacente está claro. Los reformistas aceptan el marco general de una institución o de una realidad social, pero creen que es susceptible de mejora o, cuando han entrado en él los abusos, de reforma; los revolucionarios insisten en la necesidad de transformarlo fundamentalmente o de sustitoirlo. Los reformistas se proponen mejorar o modificar la monarquía, o reformar la Cámara de los Lores; los revolucionarios están convencidos de que no se puede hacer nada útil con lúnguna de ambas instituciones como no sea abolirías. Los reformistas desean crear una sociedad en la que los gendarmes no sean arbitrarios ni los jueces estén a merced de terratenientes y mercaderes; los revolucionarios, aunque comparten su simpatía por estas metas, quieren una sociedad en la que no existan gendarmes ni jueces en el sentido actual, por no mencionar a terratenientes y mercaderes. En aras a la comodidad se utilizan así los términos para describir movimientos que tienen formada una opinión acerca del orden social en su conjunto, y no acerca de instituciones concretas dentro de él. Esta discriminación viene de antiguo. La hizo, en efecto, Joaquín de Fiore (1145-1202) el milenario a quien Norman Cohn ha llamado, no sin razones para ello, el inventor del sistema profético conocido más influyente de Europa antes de la aparición del marxismo. Distinguía entre el imperio de la justicia o del derecho, que consiste esencialmente en la regulación equitativa de las relaciones sociales en el seno de una sociedad imperfecta, y el reino de la libertad, que pertenece a la sociedad perfecta. Es importante recordar que ambas cosas distaban mucho de ser lo mismo, aunque aquélla fuese fase preliminar necesaria en la vía a la segunda.

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